El ascenso a Cabo es, para muchos militares de tropa, el primer gran paso dentro de su carrera profesional. Y precisamente por eso suele venir acompañado de muchísimas dudas. Cada año ocurre lo mismo: sale la convocatoria, empiezan los comentarios en las compañías, aparecen los rumores, todo el mundo habla del “baremo”, de los cursos, de las físicas o del examen… y al final mucha gente termina más confundida que al principio.
La realidad es que el proceso de ascenso a Cabo tiene bastante más complejidad de lo que parece desde fuera. No consiste simplemente en estudiar un temario y hacer un examen tipo test. Tampoco se resume en “tener muchos cursos” o “llevar muchos años”. El sistema realmente intenta valorar la trayectoria profesional completa de cada militar, y eso incluye muchísimas más cosas de las que normalmente se comentan en el día a día.
La base legal de todo el proceso se encuentra principalmente en la Ley 8/2006 de Tropa y Marinería, la Ley 39/2007 de la carrera militar y toda la normativa de desarrollo sobre evaluaciones y ascensos. A partir de ahí, cada año el Ejército de Tierra publica una convocatoria concreta donde se fijan las plazas, los requisitos, las fechas y las normas específicas del proceso selectivo.
El sistema utilizado generalmente para el ascenso a Cabo en el Ejército de Tierra es el de concurso-oposición. Esto significa que el resultado final sale de mezclar dos cosas distintas: por un lado, la nota obtenida en el “concurso”, es decir, la valoración de los méritos profesionales del militar, más conocido como “baremo”; y por otro lado la nota del examen-oposición.
Y aquí aparece uno de los primeros errores que suelen cometer muchos opositores: pensar que todo depende del examen. No es del todo cierto, pero sí hay que tener claro que un muy buen examen puede hacernos superar un baremo regular o bajo. De hecho, antes incluso de sentarse delante del test, el militar ya llega al proceso con una parte importante de su puntuación prácticamente construida a través de su trayectoria profesional.
El ascenso empieza mucho antes de abrir el temario.
Empieza en los destinos ocupados, en los IPEC, en las físicas, en las misiones, en los cursos realizados, en los idiomas, en las titulaciones y en la imagen profesional que uno ha ido dejando durante años. Por eso hay gente que llega muy fuerte al examen incluso antes de responder la primera pregunta, y otros que, aun estudiando muchísimo, parten con bastante desventaja en la fase de concurso.
La convocatoria establece primero una fase de evaluación. En esa fase solo sirve para determinar si el militar es apto o no apto para poder ascender. Aquí tienen muchísima importancia aspectos como los informes personales, las pruebas físicas y el historial disciplinario.
Los IPEC, por ejemplo, tienen mucho más peso del que muchos creen. La Junta de Evaluación puede declarar “no apto” a quien tenga determinadas calificaciones negativas en sus informes personales. Esto es algo que muchos descubren demasiado tarde, porque durante años han escuchado únicamente hablar del examen y de los cursos, cuando realmente la trayectoria profesional diaria tiene una importancia enorme.
Las físicas también son obligatorias. No basta con “estar bien físicamente” o con entrenar por libre. Hay que tener correctamente superado el Test General de la Condición Física dentro de los plazos exigidos en la convocatoria. Y exactamente igual ocurre con las sanciones disciplinarias, determinadas condenas o situaciones administrativas concretas, que también pueden afectar directamente a la aptitud para el ascenso.
Una vez superada la fase de evaluación llega la famosa fase de concurso, lo que todo el mundo llama “el baremo”. Y aquí es donde existe probablemente la mayor confusión de todo el proceso.
Muchísimos alumnos llegan convencidos de que el baremo funciona como una simple suma de puntos por cursos. Es muy típico escuchar frases como “este curso vale cinco puntos”, “yo tengo veinte puntos en cursos” o “como tengo más diplomas tengo mejor baremo”. Pero la normativa realmente no funciona así.
El sistema de valoración es bastante más complejo. La Orden Ministerial 17/2009 y la Instrucción 24/2024 establecen un modelo basado en grupos de valoración, elementos de valoración, ponderaciones, normalizaciones e incompatibilidades.
Traducido a lenguaje normal: el Ejército no suma simplemente diplomas. Lo que intenta valorar es el perfil profesional global de cada militar.
Por eso los cursos sí importan, claro que importan, pero no funcionan como la mayoría imagina. Un curso no suele equivaler automáticamente a una cantidad fija y directa de puntos. Lo que hace realmente es formar parte de uno de los elementos que la Junta utiliza para valorar la formación del militar dentro del conjunto total de su expediente.
Y ahí entra otra palabra que genera mucha confusión: la ponderación.
Ponderar significa que unas cosas pesan más que otras. Y la realidad es que, en el ascenso por concurso-oposición, la trayectoria profesional y los destinos tienen muchísimo más peso del que normalmente cree la gente.
Eso explica por qué dos militares con cursos parecidos pueden tener baremos completamente diferentes.
Porque el sistema no mira solo los diplomas. Mira:
- dónde has estado destinado,
- cuánto tiempo,
- qué cometidos has desempeñado,
- qué idiomas tienes,
- cómo son tus IPEC,
- si has estado en misiones,
- tus recompensas,
- tus titulaciones,
- tus físicas,
- y en general toda tu trayectoria dentro del Ejército.
De hecho, muchos opositores descubren demasiado tarde que determinados destinos o determinadas trayectorias profesionales generan muchísimo más beneficio en la evaluación que acumular cursos sin una estrategia clara.
Otro detalle importante es que no todos los cursos cuentan igual, y algunos incluso son incompatibles entre sí. La NG 01/12 recoge precisamente qué cursos pueden valorarse y cuáles son incompatibles.
¿Y qué significa eso realmente? Muy sencillo: que el sistema evita valorar dos veces prácticamente la misma formación. Por eso hay cursos que “se pisan” entre ellos, otros que dejan de tener efecto cuando se obtiene uno superior y otros cuya influencia real dentro del baremo es mucho menor de lo que la gente piensa.
Aquí es donde muchos opositores se llevan una decepción. Hay quien encadena cursos durante años convencido de que está acumulando una enorme ventaja y luego descubre que varios apenas le aportan diferencia real en la evaluación.
Y además existe otro problema muy habitual: pensar que, por el simple hecho de haber realizado un curso, automáticamente va a ser valorado. No siempre es así.
“Esta es mi segunda vez y tengo menos baremo que el año pasado, a pesar de que tengo un curso nuevo y más tiempo de servicio”
¿Cuántas veces habremos escuchado esta valoración? Creo que todos los años. Vamos a tratar de explicar brevemente este concepto para aclarar cualquier tipo de confusión al respecto.
Debemos tener en cuenta es que cada proceso selectivo es un mundo y que no vamos a encontrar dos “mundos” iguales. Veamos:
-Lo primero a tener en cuenta es el “volumen total de aspirantes” que participan en el proceso. Digamos que unos seis mil, más o menos. De ellos, más o menos la mitad podrán obtener una vacante para el ascenso (normalmente, suele ser un 40% de los aspirantes). Esto supone que, al finalizar el proceso, pueden quedar, digamos, unos tres mil aspirantes sin ascender que pueden repetir proceso en años sucesivos hasta agotar las cuatro convocatorias permitidas.
-Nos situamos en pleno proceso. Tenemos los seis mil aspirantes y vamos a medir la puntuación de cada uno de ellos en cada grupo de valoración de los fijados por la normativa de evaluación. Y dentro de cada grupo de valoración, calcularemos la puntuación de cada uno de ellos para cada “elemento de valoración”.

En un post posterior, hablaremos detenidamente del proceso de valoración, pero ahora solo aludimos a él.
El resultado que obtendremos será un listado con los 6000 aspirantes con la puntuación “directa” de cada uno de ellos en cada elemento de valoración, como vemos en el ejemplo:

De esta “puntuación directa”, por ejemplo, nos fijamos ahora en las puntuaciones máximas y mínimas, dentro de cada elemento de valoración, que obtienen los aspirantes del ejemplo (llamaremos “umbral máximo” a la máxima puntuación, y “umbral mínimo” a la puntuación más baja)

Y para continuar con el ejemplo, a esa puntuación más alta (umbral máximo), le vamos a otorgar 1 punto, y 0 puntos a la puntuación más baja (umbral mínimo) dentro de cada elemento. El resto de puntuaciones, según su posición, recibirán una puntuación que entrará dentro del rango de 1,000 a 0,000 puntos (es decir, fracciones de 1 punto) a razón de “mejor posición, puntuación más cercana al 1,000” y “peor posición, puntuación más cercana al 0,000”. Podríamos obtener un resultado similar a este:

Con este ejemplo de puntuación “normalizada” en cada elemento de valoración, vamos a procede a calcular, para cada aspirante, la NOTA PONDERADA (que acabará siendo la Nota de Concurso o “Baremo”). Para ello, hacemos la siguiente operación:
NP=10*[(nota A*15%)+(nota B*5%)+(nota C*20%)+(nota D*20%)+(nota E*10%)+(nota F*15%)+(nota G*5%)+(nota H*10%)]
Y obtendremos la “nota ponderada” o “NOTA DE CONCURSO” final:

La NOTA DE CONCURSO será una nota entre 0 y 10 puntos. Comprendiendo este proceso, nos podemos responder a la valoración que abría esta sección:
“Esta es mi segunda vez y tengo menos baremo que el año pasado, a pesar de que tengo un curso nuevo y más tiempo de servicio”
Y la respuesta es sencilla. Al cambiar los aspirantes (recordamos que de los 6000, 3000 obtenían plaza y otros 3000), y entrar nuevos aspirantes en juego, los “umbrales máximo y mínimo” ya no serán los mismos y eso afectará de pleno a las nuevas puntuaciones. Por ejemplo, donde antes los 60 puntos directos en el elemento A) eran el umbral máximo, ahora, con los nuevos aspirantes, puede resultar que deje de ser ese umbral máximo, y donde antes obteníamos un punto, ahora igual obtenemos 0.800, por ejemplo. Y así con todos los elementos de valoración, lo que puede hacer que si nuestra nota era 5,021 ahora sea 4,985, por ejemplo.
Para que un mérito cuente debe aparecer correctamente anotado o acreditado. Por eso la convocatoria insiste tanto en revisar la Hoja de Servicios, SIPERDEF y la Declaración Individual Complementaria (DIC).
Cada año hay opositores que pierden puntuación simplemente porque:
- tienen cursos sin grabar,
- titulaciones mal anotadas,
- idiomas sin actualizar,
- o documentación presentada fuera de plazo.
Y eso puede marcar diferencias enormes.
El examen consiste en 50 preguntas tipo test más 5 de reserva, con cuatro respuestas posibles y una correcta. La puntuación penaliza los errores, así que no basta con “hacer una quiniela”.
Nota de Oposición =(0.2×Respuestas Acertadas)−(0.05×Respuestas Erróneas)
En jerga de aspirantes, esto se traduce en que 4 preguntas “mal”, restan 1 pregunta bien
Después llega la fase de oposición, el examen tipo test. Es probablemente la parte más visible del proceso y la que más nervios genera, pero no deja de ser una pieza más dentro del conjunto. La nota final sale de combinar la nota de concurso y la nota del examen.
Nota de Concurso Oposición=(Nota de Concurso + Nota de Oposición)/2
Una vez terminadas todas las fases, los opositores se ordenan según su nota final o Nota de Concurso Oposición y, en base a esa NCO se asignan las plazas disponibles. Y aquí aparece otra cuestión importante: pedir mal las plazas puede costar una convocatoria completa. Mucha gente piensa únicamente en “aprobar el examen”, pero olvida que las preferencias de vacantes también son fundamentales. Si un opositor no obtiene ninguna de las plazas que solicitó, la convocatoria igualmente le cuenta.
Por eso el ascenso a Cabo no debe prepararse únicamente estudiando el temario unos meses antes del examen. Realmente es un proceso que se construye durante años. El militar que llega fuerte suele ser el que ha cuidado de manera constante:
- sus IPEC,
- sus destinos,
- sus físicas,
- su historial,
- sus idiomas,
- sus titulaciones,
- su conducta profesional,
- y también, por supuesto, su preparación académica para el examen.
Al final, el sistema intenta seleccionar perfiles completos. No busca únicamente al que memoriza mejor un test ni al que acumula más diplomas. Busca personal que haya demostrado preparación, responsabilidad, capacidad profesional y una trayectoria sólida para asumir el empleo de Cabo.
